4 de febrero de 2026
Bajo un cielo de mineral y ceniza
lloraba el óxido rojo, sin garganta;
el aire quemaba pulmones y trigales,
y el pueblo aprendía a toser espanto.
Humo negro, teleras encendidas,
pan amargo, jornal sin porvenir,
mineros de manos rotas
y campesinos de esperanza agotada.
Un cuatro de febrero dijeron basta
con la voz limpia y el paso desnudo;
no llevaban más armas que el grito,
ni más bandera que el polvo en los ojos.
La plaza tembló de nombres y caras:
madres, niños, sudor y verdad,
y frente al clamor de los vivos
habló el metal del dominador.
Sonaron los tiros,
se enlutó la tarde;
la sangre se mezcló con la tierra
que ya estaba cansada de ser callada.
Cayeron cuerpos sin cifra ni tumba,
silencios impuestos a la fuerza;
y el miedo se vistió de orden
mientras el poder cerraba la puerta al recuerdo.
Pero aún arde Riotinto como herida,
no como mina, sino como una llaga;
porque donde disparan contra el pueblo
queda un vestigio que no se olvida.
Carlos Javier Pascual Rodríguez.

















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