Una noche de verano en una calle de Minas de Riotinto, hoy denominada Jesús Chaparro
Hay recuerdos que no caben en una fotografía. No porque se hayan borrado con los años, sino porque estaban hechos de sonidos, de olores, de voces y de una forma de vivir que solo existía cuando el sol se rendía al horizonte. Así eran los veranos de otro tiempo en Minas de Riotinto: una estación que no se medía por los grados del termómetro, sino por el momento en que los hogares se abrían de par en par y las sillas comenzaban a ocupar las aceras.
Entonces nadie hablaba de climatización. El mejor refugio contra el calor era la propia calle. Bastaba con esperar a que el aire empezara a moverse para que todo el vecindario se convirtiera en un gran salón compartido. Cada portal era una invitación y cada vecino, un compañero de conversación.
No hacían falta grandes acontecimientos. Todo transcurría despacio, al compás de una charla que iba saltando de una puerta a otra. Se comentaban las noticias, se recordaban historias antiguas, se discutía de fútbol, se arreglaba el mundo o, sencillamente, se disfrutaba del placer de no tener prisa. Mientras tanto, los más pequeños jugaban hasta que el sueño terminaba por vencerlos, ajenos al paso de las horas y convencidos de que aquellos meses no tendrían fin.
Desde el interior de algún hogar escapaban las voces de la radio, que parecía conocer el secreto de acompañar sin imponerse. La televisión también formaba parte de aquella escena, pero lejos de romper aquella forma de vivir, terminó integrándose en ella. El aparato se orientaba hacia la entrada para que pudiera seguirse el concurso, la película o el partido mientras la brisa aliviaba el calor.
Radio y televisión convivían con naturalidad, convirtiéndose en un motivo más para estar juntos. Aquella tecnología, todavía inocente, estaba al servicio de la convivencia, no de la separación.
Las horas respiraban. Tenían el murmullo de las conversaciones cruzadas, las carcajadas que brotaban sin previo aviso, el rechinar de una mecedora, el eco de un balón golpeando el suelo y ese inconfundible intercambio de saludos que hacía sentir que nadie era un extraño. Había una música invisible que solo componían las personas cuando coincidían en un mismo espacio y bajo un mismo cielo.
Hoy basta con asomarse al caer la tarde para descubrir un paisaje muy distinto. Las fachadas permanecen cerradas y el silencio se ha instalado donde antes la actividad se derramaba sobre las aceras. El frescor artificial ha sustituido a la brisa que reunía a los vecinos. Los aparatos de aire acondicionado han hecho el resto: su zumbido constante se ha convertido en la banda sonora de muchos meses calurosos. Preferimos el aire frío que sale de una máquina al que llega, libre, con la caída del sol. Cerramos puertas y ventanas para conservar unos grados menos en el termómetro, pero, casi sin darnos cuenta, también dejamos fuera las conversaciones improvisadas, los saludos al vecino y aquella costumbre de prolongar juntos el final de la jornada.
En el interior de los domicilios, cada miembro de la familia parece habitar un universo distinto. Las videoconsolas, los teléfonos móviles, las plataformas digitales y el entretenimiento a la carta ofrecen infinitas posibilidades, pero rara vez invitan a salir al encuentro de los demás. Ya no hace falta salir para distraerse ni buscar al otro para comunicarse; y, sin embargo, nunca hubo tantos medios para estar conectados y tan poco tiempo para estar juntos.
Aquel escenario, que durante décadas fue el corazón palpitante de la vida al caer la tarde, permanece ahora inmóvil. Hay momentos en que parece un decorado abandonado, como si aguardara el regreso de quienes un día le dieron vida. Donde antes las palabras viajaban de ventana en ventana, hoy solo permanece una quietud que resulta extraña para quienes conocieron otro tiempo.
No se trata de condenar el progreso. Sería injusto renunciar al bienestar que proporcionan los avances ni ignorar las ventajas de una sociedad más cómoda. El problema nunca fueron las máquinas, sino aquello que, casi sin advertirlo, dejamos atrás mientras las abrazábamos. Ganamos confort, pero fuimos perdiendo una costumbre que alimentaba algo mucho más difícil de reemplazar: la cercanía.
Porque aquellas costumbres no eran únicamente una manera de combatir el calor. Eran una escuela de convivencia. Allí se aprendía a escuchar antes que a responder, a respetar el turno de la palabra, a compartir las alegrías y las preocupaciones, a descubrir que una comunidad no la construyen solo el ladrillo y el asfalto, sino los lazos invisibles que unen a quienes la habitan.
Quizá ningún invento sea capaz de devolvernos aquel mundo. Los relojes nunca caminan hacia atrás y cada generación escribe sus propias costumbres. Sin embargo, conviene recordar aquellos veranos para comprender que existió una forma de riqueza que no aparecía en ninguna cuenta corriente. Estaba en una silla de anea junto al portal, en el saludo de un vecino, en una conversación que parecía no terminar nunca y en ese aire fresco que recorría las calles mientras la luna observaba, silenciosa, cómo las casas se llenaban de voces y las aceras se convertían en el escenario de una convivencia sencilla.
El verdadero lujo quizá no fuera vivir más cómodos ni tener menos calor. Consistía, simplemente, en abrir la puerta de casa y descubrir que la mejor brisa era la que llegaba acompañada de una conversación, de una risa compartida y de unas voces que, al caer la noche, hacían que aquella calle pareciera un poco más nuestra.
Carlos Javier Pascual Rodríguez.