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Así ocultó Inglaterra los abusos (y los muertos) de la todopoderosa Rio Tinto Company en Huelva en 1888

27 de abril de 2020

Noticia extraída de la siguiente página web: abc.es

Las teleras de Río Tinto en 1888

El abuso contra los habitantes y trabajadores de la Rio Tinto Company Limited comenzó en 1873 y se prolongó hasta nada menos que 1954. Más de tres cuartos de siglo en los que sobrevivió a la Primera República, la Restauración Borbónica, la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la Guerra Civil hasta la mitad del periodo franquista. Pero, ¿qué era aquella poderosa multinacional y a quién pertenecía para que pudiera mantener a raya a los diferentes Gobiernos españoles, a pesar de los daños irreparables que causó a la región?

Todo comenzó con la arruinada presidencia de Nicolás Salmerón, que vendió por 92 millones de pesetas las famosas minas de cobre de Riotinto a un conglomerado internacional. Este constituyo la tristemente famosa compañía de origen británico que, a base de abusar y explotar a la población autóctona, cambió el aspecto socioeconómico de toda la provincia de Huelva.

Hasta ese momento, sus habitantes sobrevivían de la agricultura y la pesca, pero cuando llegaron los ingleses, dueños y gestores principales de dicha compañía, la provincia entró a formar parte de las redes de comercio internacional. Eso trajo en principio grandes beneficios y las mayores innovaciones tecnológicas de la época, tales como el ferrocarril. Pero supuso también el comienzo de una gran cantidad de problemas ecológicos, laborales y de salud para los habitantes de Riotinto y de otras muchas localidades de alrededor, como Nerva y Zalamea.

Tal fue el poder que acumuló y la capacidad para operar dentro de España con sus trabajadores, como si fuera un gobierno empresarial dentro de un gobierno nacional, que la Rio Tinto Company Limited llegó a establecer una especie de "Apartheid" al estilo de Sudáfrica sin que ningún poder público le afeara la conducta. Por un lado, los directivos de la multinacional llegados desde Gran Bretaña junto a otros muchos trabajadores con un perfil más técnico, que se establecieron en Bella Vista, un barrio de lujo construido por ellos desde cero y separado por un muro infranqueable. Y por otro, la población y los más de 10.000 mineros que trabajaban en los yacimientos, que vivían en casas precarias, viendo cómo sus cosechas se arruinaban y su salud sufría por los humos tóxicos generados por el trabajo.

Rio Tinto Company Limited

La llegada de la Rio Tinto Company Limited, que era la mina a cielo abierto más grande del mundo, se explica dentro de un contexto internacional en el que se produjo la llegada masiva de grandes empresas extranjeras a la Cuenca Minera de Huelva. Era la Segunda Revolución Industrial y eso trajo mucho trabajo, puesto que la industria consumía una gran cantidad de minerales en todo el planeta. Como consecuencia de ello, las explotaciones mineras se modernizaron y expandieron por muchos sitios.

La diferencia es que esta zona ofrecía una alternativa muy valiosa para los empresarios: poseía grandes reservas de metales no férricos en un país atrasado económicamente, lo que les permitía bajar los costes de explotación y los salarios. Eso suponía un enorme ahorro y un gigantesco margen de beneficios que les permitió construirse un numeroso conjunto de casas victorianas y hasta una iglesia presbiteriana que siguen todavía en pie.

De lo que no queda rastro hoy en Riotinto es de los más de cien muertos -entre mujeres, niños y ancianos, además de trabajadores- que se dejaron la vida en la considerada primera manifestación ecológica de la historia de España. Ni tumbas, ni placas, ni monumentos a la memoria de los mineros y agricultores que se unieron para protestar, el 4 de febrero de 1888, contra las miserables condiciones de vida impuestas por los británicos y contra los estragos que causaban las fuertes emanaciones de dióxido de azufre en sus tierras y en su salud, tras la quema de minerales al aire libre.

La nube negra

La razón se encontraba en el procedimiento utilizado para obtener el cobre, conocido como "cementación artificial" o "teleras". Consistía en colocar toneladas de mineral en grandes montones al aire libre y prenderlos sobre ramajes secos. Esas pequeñas montañas liberaban azufre durante la combustión, para obtener el cobre puro, y una cantidad gigantesca de gases sulfurosos. Las hogueras ardían ininterrumpidamente de seis a doce meses al año, lo que lanzaba al aire unas 500 toneladas diarias de humos tóxicos.

La enorme nube negra que se formaba sobre el cielo de Riotinto, Nerva y otras aldeas cercanas, a la que popularmente llamaban "la manta", generaba unos efectos altamente perniciosos para la agricultura y para la salud de los habitantes. Mucha gente huía del pueblo en busca de aire más limpio, ya que las cosechas eran prácticamente la única fuente de riqueza de aquellos que no se dedicaban a la minería. La situación se hizo insostenible e intolerable.

El descontento pronto se extendió a otros veinte pueblos de la zona, a los que se sumó el cabreo acumulado de los mineros en lo que respecta a sus condiciones laborales: descuentos salariales, el pago por cuenta ajena del médico de la empresa, la pérdida continuada de puestos de trabajo ante la más mínima excusa (incluida la enfermedad) o la pérdida de dinero que les originaban los días de "manta", en los que solo se podía trabajar la mitad de la jornada y cobraban menos.

Liga Antihumanista

Los agricultores y sus partidarios llegaron a formar la "Liga Antihumanista", que criticaba los abusos cometidos por la Rio Tinto Company en los procesos de la mina y exigían su sustitución por otros. Pero la empresa tenía demasiado poder, hasta el punto de establecerse como una auténtica autoridad colonial en la zona durante 81 años. Tenían a la administración bajo su protección para avalar su argumento de que, dadas las condiciones del mineral de las minas y la coyuntura internacional, no podían costear otro sistema que les diera beneficios.

El problema de las calcinaciones copó la prensa local durante 1887 y 1888. Las polémicas entre los "antihumanistas" y los defensores de la minería, a la que hacían responsable del desarrollo y la prosperidad de la zona por atraer población de fuera, eran continuas. "El aumento de población fue, en efecto, muy notable, pero el argumento esgrimido era insostenible: la población acudía a donde había trabajo, y en las minas lo había, pero la extracción y el beneficio del mineral no tenían qué ir forzosamente unidos al sistema de calcinaciones que, de hecho, estaba prohibida en todos los países del mundo, incluido en el vecino Portugal, desde 1878. Y, por supuesto, en Inglaterra", aseguraba María Dolores Ferrero, de la Universidad de Huelva, en su estudio Los conflicto de febrero de 1888 en Riotinto. Distintas versiones de los hechos.

La suma de todos estos descontentos culminó en la famosa manifestación del 4 de febrero de 1888, que pasó a la historia como el "Año de los Tiros". Una masacre cuyas magnitudes, 132 años después, aún no han sido esclarecidas del todo. Pero es que no era fácil, puesto que estábamos hablando de la empresa más poderosa de España en aquella época. Una empresa que, además, había sacado de la bancarrota a la Primera República con la venta de los derechos de explotación. No convenía hacer público lo que allí había sucedido.

El Regimiento de Pavia

El 1 de febrero se inició la huelga de mineros, que fue creciendo durante los dos días posteriores. Al mismo tiempo, los agricultores afectados por el dióxido de azufre, con el pueblo de Zalamea a la cabeza, comenzaron a preparar una marcha sobre Riotinto para pedir la suspensión de las calcinaciones. El día 4, ambas manifestaciones se encontraron a la entrada de la localidad y decidieron unirse para marchar a la Plaza del Ayuntamiento. Las consignas establecidas estaban claras: "¡Abajo los humos! ¡Solo queremos justicia! ¡Viva la agricultura!".

Cuando los cabecillas subieron a hablar con el Alcalde para negociar, este no se atrevió a tomar ninguna decisión por las presiones que recibían de la compañía. Entonces llegó el Gobernador Civil de Huelva, Agustín Bravo, a poner orden. Primero se negó a que el poder local suprimiera las calcinaciones y, después, salió al balcón a increpar a los miles de manifestantes congregados. Tras él salió el Teniente Coronel del Regimiento de Pavía, que había llegado al pueblo ante la solicitud de refuerzos. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.

De repente, se oyó una primera descarga sin que nadie supiera de dónde venía ni quién había dado la orden. Luego siguieron nuevas descargas a bocajarro y, después, los agentes comenzaron a atacar con bayonetas. A los quince minutos el suelo quedó repleto de muertos y heridos. Al día siguiente, algunos diarios locales y nacionales se hicieron eco del suceso. "El Socialista", "La Provincia", "El Cronista de Sevilla", "La Época", "El Liberal", "La Iberia" y "La República", entre otros. La cifra de los que perdieron la vida variaba entre la treintena que daba el primero y los más de cincuenta del último.

Trece cadáveres identificados y sepultados

Según los testigos de la época, sin embargo, estos fueron entre cien y doscientos, cuyos cadáveres fueron arrojados a las escombreras o en las antiguas minas abandonadas para no dejar rastro. Y los heridos, atendidos a escondidas en las propias casas, en pésimas condiciones, por miedo a llevarlos a los hospitales. Eso fue lo que concluyó el trabajo de investigación de Alfredo Moreno Bolaños y Juan Manuel Pérez López, "Testimonios fehacientes sobre el tren de la muerte" (2008), que habla de entre 150 y 200 personas asesinadas.

"Salió el Gobernador al balcón una primera vez y preguntó a los trabajadores si estaban de acuerdo con su jornal. Contestaron que no. Volvió a salir y dijo que vería al Director de las minas y que al día siguiente sabría el resultado. Los trabajadores dijeron que estaban parados hacía tres días y que deseaban saber el resultado cuanto antes. Volvió a salir una tercera vez, con el Teniente Coronel del Regimiento de Pavía y el pueblo, creyendo que iba a decir algo, se quedó callado como en misa. Después ocurrieron las desgracias”, contaría "El Socialista" días después.

El mensaje que el Gobernador Civil de Huelva le envió el 6 de febrero al Ministro de Gobernación en Madrid decía: "Trece cadáveres identificados y sepultados. Doce heridos reconocidos. Ningún extranjero, mujer o niño ha sido lesionado". El periódico de "La Coalición Republicana", sin embargo, detallaba. "Cuando más alegres se hallaban los manifestantes apiñados en las estrechas calles adyacentes y la plaza, en número superior a 12.000, mandaron retirar la caballería. Acto seguido, una descarga cerrada e inmensa, cuyos proyectiles barrieron aquella masa humana, puso en fuga desordenada a la multitud, que dejó en el suelo muchos cadáveres y heridos, y se atropelló por las calles, lanzando gritos de pavor y de violenta ira. ¿Quién dio la orden de fuego? Hasta ahora no se sabe. ¿Fue el gobernador? ¿Fue el jefe militar? (…) Con el testimonio de centenares de personas, podemos afirmar que los manifestantes no profirieron ni un grito subversivo, no salió de ellos una provocación ni un acto que molestase a la tropa ni a las autoridades".

Tan solo una carta al Director publicada en "La Provincia" se atrevió a decir que "la manifestación de Zalamea fue de una violencia monstruosa". Las versiones de los restantes diarios coincidían en que no hubo una actitud provocadora y argumentaron que "si los propósitos hubieran sido amenazadores, los manifestantes no habrían puesto ante las balas de los soldados a mujeres y niños inocentes".

En los libros de las sentencias de la Audiencia de Huelva de 1888 hasta 1892 no había ninguna información al respecto, según las investigaciones de Ferrero. Tampoco en el Tribunal Supremo de Madrid. Las Cortes Españolas apenas discutieron el incidente y se dijo que los muertos no pasaron de 14, aunque la mayoría de testimonios defiendan que estos superaron con creces el centenar. El Registro Civil de Riotinto tan solo contabilizaba trece muertos por "hemorragia externa" o "hemorragia interna".

La ciudad subterránea del río Tinto

7 de julio de 2017

Este reportaje salió publicado en la página web agenciasinc.es el 21 de diciembre de 2011.

Zona de perforación cerca del nacimiento del río Tinto

Bajo el suelo del río Tinto, en Huelva, un reactor de microorganismos parece estar detrás de la elevada acidez y las altas concentraciones de hierro que caracterizan a este río único en el mundo. Científicos del Centro de Astrobiología acaban de comenzar una campaña de perforación para saber quiénes son y cómo trabajan estas misteriosas bacterias subterráneas. Quizá guarden algún secreto del subsuelo de Marte.

“Hemos llegado a los 270 metros de profundidad y hay indicios de una falla por la que probablemente corre el agua”, dice Ricardo Amils durante la reunión matinal de hoy que, como cada día, celebra con su equipo en un pequeño hotel de Nerva (Huelva). El investigador concluye como siempre: “A por ellos que son pocos y cobardes”. No se refiere a enemigos humanos, sino a los microorganismos subterráneos de río Tinto, unas bacterias que viven ocultas del sol y del oxígeno.

“Estos microorganismos necesitan dos cosas: agua –y parece que esta mañana hemos tenido evidencias de su presencia–, y los sulfuros metálicos que les sirven de alimento, en especial la pirita (sulfuro ferroso)”, explica Amils antes de salir a trabajar con el resto del grupo, unos 15 investigadores.

Son los integrantes del proyecto IPBSL (Iberian Pyrite Belt Subsurface Life), liderado por el Centro de Astrobiología (CAB, INTA-CSIC), y financiado con 3,4 millones de euros por la Fundación Europea para la Ciencia. El objetivo es estudiar la vida en el subsuelo de la Faja Pirítica Ibérica, la mayor concentración de sulfuros metálicos del mundo producida por la actividad hidrotermal.

Se trata de un territorio de 250 km de largo y 50 de ancho que se extiende desde Portugal hasta la provincia de Sevilla, aunque el equipo se ha centrado en una zona próxima al nacimiento del río Tinto. Hacia allí nos dirigimos, a través de un paisaje rojizo marcado por las cicatrices que ha dejado la explotación minera desde hace 5000 años.

Algunas zonas se asemejan a los paisajes marcianos, como Las Zarandas, aunque el parecido más importante es a nivel del subsuelo. De hecho Riotinto está considerado uno de los mejores análogos de Marte desde el punto de vista geoquímico. Lo que ocurre aquí abajo puede ser similar a lo que se esconda bajo la superficie del planeta rojo, sobre todo si se llega a encontrar agua líquida.

Aprender para las misiones a Marte

“El proyecto IPBSL nos enseñará a saber cómo dirigir la búsqueda en Marte”, dijo el director del CAB, Javier Gómez-Elvira, cuando vino a presentar la campaña de perforación el 14 de diciembre. Por cierto, que comentó que en tres o cuatro meses probarán en vuelo el sensor de presión del instrumento REMS, la pequeña estación medioambiental que viaja hacia Marte en el rover Curiosity de la NASA.

Pero de momento seguimos en la Tierra. Los pinares, el cielo azul y los paisanos paseando por la carretera nos lo recuerdan. Cuando atravesamos el río Tinto nos detenemos un momento para observar su característico color rojo. No puedo evitar sumergir unos instantes la mano, aunque seguramente no es buena idea. Estas aguas están cargadas de hierro y otros metales pesados –algunos  tóxicos como el arsénico o el cadmio–, además de ácido sulfúrico. Su pH es poco más de 2.

Los científicos han descartado que estas características extremas se deban a las actividades mineras, y parece que son las bacterias las que están detrás del proceso. “Desde hace tiempo se piensa que existe un reactor subterráneo, donde los microorganismos en contacto con la pirita y el agua ponen en marcha el proceso de quimiolitotrofía, es decir, la obtención de energía a partir de minerales”, comenta Amils. “Con el proyecto IPBSL trataremos de confirmar esta hipótesis”.

El equipo ha instalado el sistema de perforación cerca de Peña de Hierro, una antigua mina a cielo abierto a la que llegamos ahora. La elección no ha sido casual. Se ha realizado un estudio geofísico previo que aconsejaba taladrar en este lugar. El informe también revela a qué profundidad hay mayor conductividad, sobre los 300 m (donde se aproximan ahora), 400 y 600 m. Esto se relaciona con una mayor probabilidad de encontrar la pirita y el agua con los iones que generan los propios microorganismos. En cualquier caso está previsto profundizar hasta 1 km si hiciera falta.

La extracción de los testigos de roca

El ruido es ensordecedor. El tubo de una máquina acaba de extraer del subsuelo un cilindro de roca de varios metros y dos operarios lo colocan sobre un canal. El geólogo David Fernández decide por dónde partirlo para conseguir los mejores  “testigos” de piedra. De ellos se toman las muestras, y el resto se envía al Instituto Geológico y Minero de España (IGME) para su conservación. A esta institución pueden dirigirse aquellas empresas mineras que quieran conocer y pagar por su contenido.

Aunque el interés del equipo IPBSL es científico. La investigadora Miriam García y su compañero Pablo, por ejemplo, están perforando con una taladradora estéril uno de los testigos para recoger el polvillo y realizar estudios físico-químicos: “Uno de los análisis fijos es el del bromuro. Lo añadimos como marcador al agua de perforación, y si aparece en las muestras es que se han contaminado”.

Por su parte, el biólogo Víctor Parro comenta que con un cromatógrafo iónico también se pueden detectar sulfatos, nitratos, acetatos y otros iones relacionados con el metabolismo de los microorganismos. Pero con las muestras que se tiene más cuidado son aquellas destinadas a detectar la presencia de las bacterias o a su cultivo. En  estos casos se introducen en bolsas herméticas a las que se retira el oxígeno, un veneno para los microorganismos anaeróbicos del subsuelo.

Seguimos en coche el recorrido de este material, que se lleva hasta los dos laboratorios situados en el Museo Minero de Riotinto. Uno está en el interior de un camión militar para analizar las muestras que requieren un ambiente más controlado o son más urgentes. El otro está en una sala del interior del propio Museo. La Fundación Río Tinto ha facilitado todo.

Primero subimos por una pequeña escalera al camión. “Vaya, no aparece ADN ni ARN”, se lamenta dentro el investigador Fernando Puente tras mirar la pantalla de un sistema portátil de electroforesis. “Lo más difícil de este trabajo es tratar con muestras rocosas, donde hay poca vida y además está muy incrustada”, me explica. De hecho hasta ahora el equipo no ha detectado ni una sola bacteria, aunque todavía es demasiado pronto.

La campaña de perforación empezó a finales de noviembre y se prolongará hasta febrero o marzo del año que viene. Después se analizarán las muestras durante meses, incluso años. Está previsto que el proyecto finalice en 2014 con la instalación de sondas en los dos tubos de perforación –hay previsto instalar un segundo a 100 m del que hemos visitado–, para monitorizar en tiempo real la actividad de las comunidades microbianas subterráneas.

Algo está pasando ahí abajo

Los científicos sospechan que ahí abajo está pasando algo. El proyecto IPBSL continúa la tarea de otro anterior denominado Marte, con el que ya demostraron la existencia de las bacterias subterráneas hasta una profundidad de hasta 160 m. Ahora se trata de saber quienes son, como trabajan, donde se aglutinan estos seres del mundo oscuro. “Las villas o pueblos diseminados de los microorganismos son interesantes, pero para aprender mejor sobre ellos hay que ir a la gran ciudad, donde están todos”, comenta Amils.

La gran ciudad sería el reactor de microorganismos que mueve la actividad del subsuelo. Probablemente no es un lugar físico único, si no toda la Faja Pirítica Ibérica. Dentro de ella, donde haya agua y mineral, los microorganismos van a tener actividad. Eso sí, a un ritmo lento, geológico, pero sin detenerse año tras año. Tan solo alguna variación estacional por las fluctuaciones en el nivel del agua.

El biólogo Francisco López de Saro recuerda que las bacterias del subsuelo son mucho más numerosas de lo que pensamos: “Hay estimaciones que indican que su biomasa total podría superar al de las plantas, además del enorme volumen que ocupan bajo la ‘piel’ de la Tierra”.

Al salir del camión cruzo el patio del Museo y me cruzo con Enoma Omoregie, uno de los dos distinguidos becarios Marie Curie con los que cuenta el proyecto. Este especialista en microorganismos sulfatorreductores, se esfuerza en estos momentos en alimentar a sus microbios insuflándolos metano e hidrógeno en varios tubos.

Al fin entro en el Museo Minero. No hay tiempo para admirar su impresionante reproducción de la mina romana ni los ferrocarriles victorianos de la época de esplendor británico en Riotinto. Pasamos directamente al laboratorio donde en un espacio reducido trabajan codo con codo el equipo de investigadores.

El marcador de una campana herméticamente cerrada marca 0:0. No indica el contenido en alcohol, sino el de oxigeno. Las muestras deben manipularse en este ambiente anaerobio como en el que proliferan las bacterias bajo tierra. Dos Mónicas manipulan el material en su interior mediante unos enormes guantes de plástico.

Buscando las pistas de los microorganismos

Monika Oggerin va a estudiar la diversidad  microbiana de todos los testigos amplificando su ADN. Por su parte, la geóloga Mónica Sánchez, experta en los procesos de biomineralización de minerales carbonatados (indicadores de la presencia del agua y relacionados con el origen de la vida), analizará los compuestos sulfatados característicos de estos suelos.

Otros investigadores también realizan ensayos para buscar signos que delaten a las bacterias, y algunos introducen datos en el ordenador. Por su parte, la investigadora Sagrario Arias-Rivas se despide porque se va a Alemania. Allí analizará parte del material en el Centro Helmholtz de Investigación de Infecciones. Su objetivo es extraer el ADN de las bacterias para crear librerías metagenómicas, colecciones de genes que ayudan a encontrar nuevas actividades enzimáticas.

En cualquier caso la mayor parte del material se analizará en el Centro de Astrobiología en Madrid, en un proceso lento y laborioso. “Los cultivos de estas bacterias en el laboratorio son muy difíciles –sólo el 1% es cultivable– y pueden tardar meses, incluso años, hasta que surge una actividad que se pueda medir”, reconoce la microbióloga Nuria Rodríguez.

La científica también tratará de detectar uno de los compuestos clave en los estudios en Marte: el metano. “En la Tierra la mayor parte del metano lo producen los microorganismos y las sondas que orbitan el planeta rojo han detectado la presencia de este gas en su atmósfera”, comenta Amils antes de que interrumpan.

De repente se forma un pequeño revuelo en el laboratorio. El geólogo David Fernández huye de sus compañeros protegiendo con sus brazos su tesoro: un testigo con pirita, el alimento de los pequeños habitantes de la ciudad subterránea. “Es mío”, bromea, aunque realmente no lo suelta. Parece que es un avance significativo en el proyecto.

“Esta es la señal que daba la geofísica y a la que queríamos llegar”, exclama Amils. “Se trata de la primera evidencia seria de la presencia masiva de pirita, de la que las bacterias obtienen su energía”.

Los investigadores están satisfechos: ya han encontrado el agua y ahora el alimento de los microorganismos. El siguiente paso será descubrir los productos de su digestión: el ácido sulfúrico y el ión férrico. La mesa está puesta. Ya solo falta que aparezcan los esperados comensales del mundo oscuro.

Enrique Sacristán.

El mayor espectáculo del mundo

15 de febrero de 2017

Equipo de fútbol formado en Riotinto

La I República Española estaba al borde de la bancarrota y salió del paso como cualquier familia en la ruina, malvendiendo los bienes. En 1873 vendió a una compañía inglesa por 92 millones de pesetas las minas de Riotinto, un yacimiento de cobre y azufre cuya riqueza citaron Plinio, Pomponio Mela, el Itinerario Antoniniano y Ptolomeo, que lo llamó Urium, lugar de la Baeturia Celticorum, hoy provincia de Huelva. Existen rastros de su explotación desde la Edad del Bronce, y desde luego lo hicieron tartesios, fenicios y cartagineses, aunque nada comparable a la formidable capacidad industrial de los romanos, testimoniada por los 15 millones de toneladas de escoria que dejaron en la zona. Cuando se acabó el Imperio Romano se acabó Riotinto; se cerraron las minas y se despobló. Felipe II intentó reabrirlas, aunque no se pudo hasta el siglo XVIII cuando Felipe V otorgó su concesión al sueco Liebert Wolters Vonsiohielm por 30 años.

Los ingleses de la Rio Tinto Company Limited llegaron en 1873 y, como hacían en el último lugar del mundo que colonizasen, se rodearon de un microcosmos a imitación de Inglaterra y empezaron a jugar al fútbol y al críquet. Así llegó a España nuestra mayor pasión colectiva, el balompié. El Club Inglés de Río Tinto fue el primer equipo de fútbol que hubo en España, aunque no fuese español. Competía con las tripulaciones de los barcos británicos, con el Club Inglés de Sevilla y con el de Gibraltar, a los que en 1878 se sumaría una filial del club minero en la ciudad de Huelva. Un médico escocés traído por la compañía minera, el doctor Mackay, y un empresario alemán llamado Sundheim, fueron los impulsores de un club propio de la capital onubense. La reunión fundacional tuvo lugar el 23 de diciembre de 1889 en el hotel Colón, y lo más novedoso es que entre muchos nombres anglosajones aparecían dos españoles. Allí nació formalmente el Huelva Recreation Club, club decano del fútbol español, conocido desde 1903 como Club Recreativo de Huelva y desde 1909 como Real Club Recreativo de Huelva, al aceptar Alfonso XIII ser su Presidente de Honor. Pese a la españolización del nombre, el club onubense siguió bajo una fuerte influencia británica: su primer Presidente fue el escocés Charles Adams, y hasta 1930 todos los mandatarios menos uno llevaban nombres ingleses.

También fue la influencia británica la que alumbró el fútbol en el segundo núcleo futbolístico de España, Bilbao. Mientras que en Barcelona habría una influencia suiza. En la capital de España fue sin embargo la Institución Libre de Enseñanza, junto al Liceo Francés, quien introdujo este deporte. El profesor Bartolomé Cossío, que sucedería a Giner de los Ríos al frente de la Institución Libre de la Enseñanza, fue precisamente quien trajo a Madrid desde Inglaterra el primer balón de fútbol.

El pueblo "inglés" donde nació el fútbol español

25 de abril de 2013

Noticia extraída de la siguiente página web: bbc.co.uk

Riotinto, Andalucía, era un pueblo aislado del mundo

El fútbol más admirado, y más exitoso, de los últimos años comenzó su recorrido en una tierra descarnada y rojiza de minas y cementerios industriales donde un grupo de ingleses fundaron la Rio Tinto Company Limited en 1873.

El fútbol español, cuyos principales equipos (Barcelona y Real Madrid) empiezan esta semana su sueño de llegar a una nueva final de la Liga de Campeones, se inició en Riotinto, Andalucía.

Los ingleses no sólo llevaron sus costumbres y su arquitectura sino un juego que escandalizó a los lugareños por violento y obsceno.

"Riotinto era un pueblo aislado del mundo. Para llegar allí había que transportarse en caballo. A los riotinteños les parecía muy raro que los ingleses se reunieran en pantalones cortos a darle patadas a una pelota. Las madres no dejaban que sus hijas se acercaran a mirar porque estaban en paños menores. Fue un escándalo", comenta a BBC Mundo el historiador Rafael Cortés, de la Asociación "Cuna del Fútbol Español".

Era la primera vez, de la que se tiene constancia, que se jugaba fútbol en España. La primera república estaba al borde de la ruina y había decidido vender las minas de Riotinto, ricas en cobre, oro y plata.

Arañadas durante siglos por tartesios y romanos, las minas todavía tenían suficientes minerales para alimentar la transformación industrial de Gran Bretaña.

"Se vendió todo el pueblo. No sólo las minas sino el suelo y el subsuelo, las calles, las casas, la plaza", anota Cortés. Aquel poblado ya no existe, quedó sepultado bajo la escoria de los hornos donde se fundían los metales.

Después de crear la compañía, los recién llegados construyeron un típico barrio victoriano, Bella Vista, y casi inmediatamente abrieron el Riotinto Football Club. No sólo jugaban fútbol sino también tenis, golf y críquet.

El pequeño y pobre poblado andaluz donde se mataba el tiempo cazando liebres o jugando a las cartas, se convertía en el epicentro de una revolución.

Equipo de fútbol formado en Riotinto

Donde todo empezó

En la entrada de Riotinto hay un cartel que recibe al visitante con una evocadora frase: "Bienvenidos a la Cuna del Fútbol Español".

A su lado discurre el río Tinto, de aguas granates y sulfuradas, y el paisaje marciano de colinas naranjas donde la NASA analiza bacterias que han sobrevivido a las condiciones de vida más parecidas al planeta rojo.

"Somos la madre, donde todo empezó. Es un orgullo tremendo saber que aquí nació el fútbol español", comenta a BBC Mundo el Concejal Rafael Perea mientras explica que a través de la Asociación "Cuna del Fútbol Español" el pueblo entrega un galardón a jugadores míticos como Alfredo Di Stéfano.

Del primer equipo que crearon los ingleses sobrevive el Riotinto Balompié y una escuela con más de 100 jóvenes que sueñan con jugar en la ligas europeas. Uno de esos chicos juega actualmente en el Rayo Vallecano de Madrid, José Carlos Fernández.

Con 4.500 habitantes, Riotinto sufre una crisis desde hace años por el cierre de las minas y el desempleo. La Copa del Mundo y las dos últimas Eurocopas ganadas por La Roja, como se conoce a la Selección Española, sin embargo, les han hecho sentir que son un pueblo bendecido.

Este año se cumplen 140 años del nacimiento del fútbol en España y los riotinteños no caben de orgullo.

Los orígenes del "estilo español"

Hasta 1890 los lugareños no empezaron a jugar. Se consideraba que el fútbol era para cierto nivel social. "Los ingleses tenían mejores sueldos, viviendas y eran los que mandaban", relata Cortés autor, junto a José Luis Domínguez, del libro "Minas de Riotinto, Cuna del Fútbol en España".

La prensa de la época y novelas actuales como "El corazón de la Tierra" o "El metal de los muertos" describen las diferencias sociales, las difíciles condiciones de trabajo de los mineros y un hecho que sigue despertando polémica, El Año de los Tiros (1888).

"Una protesta de mineros por la fuerte contaminación que provocaba la fundición del cobre fue duramente reprimida por el ejército español. Aún se discute si fueron decenas o cientos los que murieron", señala el historiador.

Para entonces los riotinteños ya practicaban en las escombreras de las minas con alpargatas y pelotas de trapo el extraño deporte de sus jefes.

En los bares, los ingleses explicaban las reglas del juego mientras bebían la que llamaban la "men water" (agua de hombres), el aguardiente de la zona.

En el pueblo hay quienes creen que en esos años comenzó a forjarse el estilo de juego español, de más maña que fuerza. Los nativos eran más pequeños y tenían que rellenar con algodón las botas que les dejaban los británicos.

"La compañía abrió una escuela para escolarizar a la gente y en las tardes se jugaba al  fútbol", detalla Cortés. Poco a poco los equipos comenzaron a ser mixtos, ingleses y españoles.

En 1917 el equipo estaba formado por ingleses y españoles

Primera Guerra Mundial

En 1889, el británico Alexander Mackay fundó el Club Recreativo de Huelva, el equipo de fútbol más antiguo registrado en España. El fútbol se filtraba por donde los ingleses dejaban su huella: Jérez, Almería, Bilbao, hasta que estalló la Primera Guerra Mundial.

"Los jugadores británicos tuvieron que ir a la guerra, cinco de ellos murieron. A partir de ese momento el Riotinto pasó a ser conformado en su mayoría por españoles", explica Cortés.

En el pueblo se conserva el único monumento en homenaje a los caídos en la Primera Guerra Mundial que hay en España.

El día más feliz de Riotinto

En 1920, Riotinto era un hervidero de obreros de toda España, con más de 11.000 habitantes y 20 equipos de fútbol. La compañía seguía necesitando brazos mientras atenuaba la posibilidad de una huelga con la creación de una liga. El fútbol ya formaba parte de España.

Cortés, de 73 años, recuerda que esta historia la han ido recogiendo a trozos. "No se valoraba y no éramos conscientes de lo que significaba. Hay que darle gracias a los ingleses por habernos dejado este deporte", apunta y luego recuerda uno de los momentos más felices que se han vivido en Riotinto: cuando España se coronó Campeona en el Mundial de Sudáfrica.

"Salimos a la plaza a celebrar. Uno del pueblo montó unas lanzaderas de espuma para bañar a la gente y se armó la de Dios. Fue una fiesta. Ese día sentimos que somos un pueblo importante", señala el historiador.

El renacer de una mina milenaria

10 de julio de 2011

Noticia extraída de la siguiente página web: elmundo.es

Instalaciones mineras

- Riotinto mira con esperanza el plan de reapertura de la explotación

- Por esta mina han pasado tartessos, fenicios, romanos y británicos

- La chipriota Emed Tartessus espera reabrirla a final de año o a principios de 2012

La historia de las minas de Riotinto, en la provincia de Huelva, empieza envuelta en la leyenda de Tartessos (naves cargadas de minerales para proveer al Templo del Rey Salomón) y acaba enredada en los conflictos laborales de finales de los años 90 del siglo XX motivados por la caída del precio del cobre, que provocó su cierre en 2001. Por el camino, fenicios, romanos y el poderoso imperio británico sajaron una tierra preñada de riqueza.

Ahora, diez años después de que se dejara de trabajar la última veta de mineral, ha vuelto la esperanza a la comarca gracias al proyecto de la empresa Emed Tartessus, filial de la chipriota Emed Mining, que ya ha invertido desde su llegada 50 millones de euros para reflotar una explotación que daría trabajo a unas 1.200 personas.

Tras un tortuoso camino para hacerse con los derechos mineros, cuyas trabas motivaron en marzo un encierro de los trabajadores de la empresa a 200 metros de profundidad, la compañía recibió el pasado abril el visto bueno definitivo de la Junta de Andalucía para reabrir la mina, un proceso que podría acabar de manera satisfactoria a finales de año o a principios de 2012.

Esta misma semana, el gobierno andaluz ha dejado claro que trabaja junto con Emed para que, "con la máxima celeridad posible", pueda poner en marcha un proyecto que requiere de complejos permisos técnicos y ambientales. El futuro de un Riotinto de nuevo con su mina abierta parece cada vez más cerca.

Por el camino se han quedado muchas esperanzas frustradas, que comenzaron a llegar tras su época de máximo esplendor (1873-1954), cuando la mina, el pueblo y casi sus habitantes eran propiedad de la todopoderosa Rio Tinto Company Limited, la Compañía a secas, un entramado británico que convirtió la comarca (y sobre todo el municipio de Minas de Riotinto) en una suerte de colonia extraoficial a la que llegaron muchos avances pero en la que se cometieron -también- muchas injusticias con los trabajadores.

Trabajadores de la Fundición de las minas de Riotinto en 1900

Acaso la mayor de ellas ocurriera en 1888, que pasó a la historia como el Año de los Tiros, cuando las fuerzas del orden españolas (siempre al dictado de los intereses de la Compañía) acabaron usando la sinrazón de los fusiles para aplacar una revuelta de mineros, vecinos y alcaldes de los pueblos de la zona contra las 'teleras', un sistema de calcinación del mineral a cielo abierto cuyo humo acababa con personas, cosechas y animales. Por ese motivo, muchos historiadores catalogan a aquella revuelta como la primera manifestación ecologista de la historia en España.

Los ingleses, con su exclusivo gueto propio (el barrio de Bella Vista), importaron avances médicos y culturales, 'descubrieron' playas (Punta Umbría) y trajeron deportes como el fútbol o el tenis, pero también dejaron tras de sí un reguero de actos inexplicables que obedecían sólo a la lógica de la rentabilidad económica. Así, no tuvieron empacho (con la complacencia de las autoridades locales) en echar abajo el viejo pueblo de Riotinto para excavar en sus cimientos. Eso sí, construyeron uno nuevo (El Valle).

Aquel esplendor anglosajón de cobre, plata, oro, manganeso, sulfuros y piritas pasó a manos españolas en 1954, cuando los británicos vendieron la mayoría de sus propiedades en la zona a intereses nacionales, creándose la Compañía Española de las Minas de Río Tinto, la primera de las muchas manos por las que pasó la explotación hasta su cierre en 2001.

Un reguero de empresas españolas fue adquiriendo luego la propiedad de las minas en una época en la que este tipo de explotaciones estaban en franco retroceso, aunque viviera otra pequeña época dorada en los años 80. Así, por la zona pasaron Unión de Explosivos Riotinto, Riotinto Patiño, Riotinto Minera y Minas de Riotinto S.A.L., que fue con la que se echó el candado casi definitivo.

Ahora, una nueva empresa cree rentable esta milenaria mina. El yacimiento de Riotinto, según Emed Tartessus, es la mayor concentración de sulfuros del mundo. Las actuales cotizaciones del metal hacen rentable la explotación al menos en los próximos 14 años. La población de la zona, altamente cualificada, y las infraestructuras completamente operativas con que cuenta la mina vienen a garantizar el inmediato reinicio de la actividad.

Los muertos sin nombre de Riotinto

13 de abril de 2011

Este reportaje salió publicado en el diario El País el 25 de marzo de 2007.

La primera protesta ecologista de la historia costó más de cien vidas en 1888.

Las casas victorianas de Bella Vista siguen en pie, entre caminos de césped reluciente y matas de romero en flor, pero en el barrio no se ve un alma. El viento sacude las copas de los pinos y agrupa papeles y plásticos en torno a la alambrada de las pistas de tenis del Club Inglés, que ha mantenido íntegramente las viejas normas -sólo para hombres- hasta hace cinco años. En el barrio construido por la Río Tinto Company Limited, que mantuvo un poder colonial en la zona durante 81 años, hasta mediados del siglo XX, todo sigue intacto. La iglesia presbiteriana, el cementerio melancólico y la columna funeraria -tallada en escoria romana- en homenaje a los cinco directivos muertos en la Gran Guerra.

En cambio, no hay tumbas, ni epitafios, ni monumentos a la memoria de los más de cien mineros (y mujeres, y niños, y ancianos) que murieron bajo el fuego graneado de los soldados del Regimiento de Pavía el sábado 4 de febrero de 1888; ni siquiera está en pie la plaza del viejo pueblo de La Mina, donde fueron masacrados, cuando reclamaban mejoras salariales y el fin de los humos tóxicos que envenenaban el aire. El escenario de aquella protesta, que muchos consideran la primera de tinte ecologista de la historia, yace bajo toneladas de escoria en la mina de Cerro Colorado, abandonada en 2001.

Teleras

Las crónicas de la época, en aquella España turbulenta de la regencia de María Cristina, apenas se ocuparon del tema. Hubo algún diario republicano que pidió cuentas, pero una protesta contra la empresa más poderosa del país, que salvó de la bancarrota a la I República al pagar 92 millones de pesetas, en 1873, por los derechos de explotación de los yacimientos de cobre, plata y oro de Riotinto, estaba condenada a ser aplastada y sepultada en el olvido. Las Cortes apenas discutieron el incidente. Después de todo, era un suceso incómodo, ocurrido en la remota cuenca minera de Huelva. Se dijo que los muertos no pasaban de 14. "Pero el sentido común te dice que fueron muchos más, entre 100 y 200 personas. Porque los soldados hicieron tres descargas con sus fusiles a bocajarro, y la plaza de la Constitución de Minas de Río Tinto estaba llena a rebosar. A aquella manifestación acudieron más de 12.000 personas de toda la comarca", explica el escritor y poeta Juan Cobos Wilkins, nacido en ese pueblo hace 46 años y autor de "El corazón de la Tierra", una novela que rescata el episodio y que acaba de ser llevada al cine.

Juan Cobos escuchó alguna vez el relato de aquella masacre de labios de su abuelo, Juan Wilkins, jefe de contabilidad de "la compañía", tal y como se conocía al omnipotente consorcio que explotó los yacimientos de Huelva y estableció en la zona una especie de apartheid. De un lado, los directivos y el personal británico, encerrados en su gueto de lujo, en Bella Vista; del otro, los nativos, empleados en las minas o en las oficinas de la compañía, sin derecho a la propiedad, esclavos en su propia tierra. En aquel Riotinto dickensiano de niños obreros crecieron los antepasados de Cobos Wilkins. Y pese a la amargura generada por aquella explotación, en casi toda Huelva se mantuvo durante décadas un cierto gusto por lo británico.

Juan Cobos Wilkins en Corta Atalaya

Lorenzo Ramos, nacido en Riotinto en 1972, cuando la minería empezaba ya a declinar, recuerda a su abuela tomando el té de las cinco, con leche fría. Y el onubense Antonio Cuadri, Director de "El corazón de la Tierra", que se estrenará el 13 de abril, dice que en Huelva se aprecia todavía el sello de la organización británica, aunque él creció sin saber una palabra de aquel macabro episodio. "Teníamos la idea vaga de que había pasado algo, en aquel Año de los Tiros, como se le conoce. Pero creía que tenía que ver con la Guerra Civil".

Se sabe que fue un anarquista misterioso, Maximiliano Tornet, el elemento catalizador de aquella protesta. El líder capaz de involucrar en ella a mineros, agricultores y ganaderos, perjudicados igualmente por los humos tóxicos. Todos sufrían por culpa de las teleras, montañas de mineral que se quemaba al aire libre. Cuentan que los días de manta, las emanaciones de dióxido de azufre llegaban a la sierra de Sevilla y a Portugal. En Riotinto, la gente huía del pueblo y de la mina en busca de aire más limpio. La situación se había hecho intolerable. "La combustión del mineral al aire libre llevaba 24 años prohibida en el Reino Unido", dice Cobos Wilkins.

Cuadri y Cobos hablan de aquellos manifestantes como de auténticos pioneros del ecologismo, que pagaron con sus vidas la osadía de reclamar aire puro y mejoras en el durísimo trabajo de la mina. ¿No resulta algo exagerado ese término en la España decimonónica, cuando poderes públicos y campesinos se dedicaban a la tala sistemática de bosques? "Eran ecologistas salvando las distancias, obviamente", responde Cuadri. "Pero no hay que olvidar que en Zalamea la Real, otro pueblo de la comarca, se crea en aquellos años la Liga Antihumo, contra las emanaciones contaminantes de las teleras".

Ni los muertos, que nadie sabe dónde fueron enterrados, ni los heridos, curados a escondidas en las casas del pueblo, pudieron evitar entonces que la compañía siguiera explotando los yacimientos de la misma manera artesanal, y cobrando a cada minero el precio de la pala y el pico con los que arrancaba el mineral de cobre de la tierra. La explotación de nuevas vetas, bajo el pueblo antiguo de La Mina, acabó con todo. Se derribó la iglesia, y poco a poco las calles y plazas quedaron enterradas bajo montañas de escoria. También la plaza de la Constitución, donde niños, mujeres y ancianos cayeron bajo las balas o fueron atravesados por las bayonetas, yace bajo la mina de Cerro Colorado, que funcionó hasta 2001, gestionada por los propios mineros. Para entonces, el gigantesco cráter de Corta Atalaya llevaba cinco años sin actividad.

La comarca ha regresado ahora a la agricultura. "Hasta en eso la historia de Riotinto es rara", reflexiona Juan Cobos Wilkins. "Lo habitual es pasar de la agricultura a la industria. Pero aquí, donde ya los tartesios explotaban los yacimientos, hace 3.000 años, y había una industria importante, vamos al revés". Por más que la minería, omnipresente en los paisajes lunares de Zaranda, Cerro Colorado, Cerro de Salomón o Corta Atalaya, siga ofreciendo un asidero turístico de enorme potencial, ya es sólo historia. Hay una fundación minera, con su museo, y el tren minero sigue funcionando, aunque ya no transporta mineral de hierro y cobre, sino a niños de las escuelas o turistas ocasionales. Quizá la película que, después de la novela, rinde a los mineros masacrados en Riotinto el único homenaje que han tenido hasta ahora sirva además de estímulo turístico para la comarca. Los muertos del Año de los Tiros seguramente no tendrían nada que objetar.

Riotinto, la colonia de la vergüenza

11 de diciembre de 2010

Este reportaje salió publicado en el Magazine de El Mundo en noviembre de 2001.

La torre de la Iglesia del antiguo pueblo de Riotinto volando por los aires

Desde 1873 hasta 1954, el pueblo onubense de Riotinto se convirtió en una peculiar colonia británica donde llegaron a convivir, separados por un muro, 10.000 mineros y el selecto “staff” inglés de la empresa Rio Tinto Company. Hubo revueltas, destrucciones de pueblos enteros y en tiempos los niños fueron explotados como un “nativo” más. Hoy es un paisaje lunar que asombra a los científicos de la NASA y cuyas heridas se pretenden curar transformándolo en un campo de frutales. Así lo cuenta el escritor Juan Cobos Wilkins en este reportaje.

Aquel verano del 69 una exclamación redondeaba de asombro millones de bocas. Ante las pantallas de los televisores los ¡oh! se encadenaban y, como estela de globos, parecían ascender al cielo de donde procedían las imágenes que, incrédulos, contemplábamos: Armstrong acababa de pisar el mito romántico de los enamorados y la obsesión de Calígula, la Luna. No me sorprendí. Yo llevaba toda mi infancia correteando por paisajes igual de enigmáticos: los yacimientos de cobre, plata, oro, que remontan su historia a 3.000 años antes de Cristo. Las legendarias minas de Riotinto. Un paisaje telúrico, devastado. De trágica belleza. Extraído de otro mundo. O del submundo. Sexo y entrañas de la tierra aflorados a la superficie. No, no me sorprendí, me resultaba familiar. Como, al leer la Divina Comedia, los círculos del infierno dantesco encontraron, en mi imaginación, su escenario natural perfecto en los de Corta Atalaya, la más grandiosa explotación a cielo abierto de la vieja Europa.

Corta Atalaya

Su historia se difumina en niebla –británica desde el XIX–, Tartesos, filones que proveían de ricos metales a naves que partían hacia el remoto Templo de Salomón... Los iniciales poblamientos humanos dejan ya huella en la Edad del Cobre y, en el Bronce Final, Oriente impulsa la extracción de plata. Pero ha de ser Roma quien marque su más profunda cicatriz en este confín al suroeste de la Bética. Como sombras petrificadas de Plutón, millones de toneladas de escoria abandonadas por el poderoso Imperio. Restos de épocas oscuras: ídolos con decoración geométrica o labrados en gossan, cazoletas y pistaderos para la trituración del mineral, aras rituales, sel jabalí de bronce, emblema de la IX Legión, ungüentarios de vidrio tornasolado, gigantescas norias, hornos para cremaciones infantiles, bellísimas esculturas teñidas de bermellón por los óxidos... Estratos sedimentados de historia, de vidas, conformando un paisaje de fuerza tal, de imán tan poderoso, que marca, tatúa a quien lo habita de forma indeleble. Y serpeando el entorno, un río rojo como una arteria abierta, el Tinto: “...es el Urium de los romanos, el Aceche de los baladíes, el tremendo río de las lágrimas, de cuyas linfas no se logra ningún género de pescados ni otros seres vivos, ni la gente la bebe ni alimañas, ni se sirven de ella los pueblos para cosa ninguna”. En 1556, así lo describía Diego Delgado, clérigo, a Felipe II.

Río Tinto

El tajo sangrante. Por el color de sus aguas, de niño, creía yo que aquel extraño río nacía, misteriosamente, de la garganta degollada de Santa Bárbara. Contemplaba su imagen en la iglesia y... seguro: el tajo sangrante que le secciona el blanco cuello es su fuente, por eso eligieron a la joven mártir Patrona de los mineros. El Tinto, un río que ya no parece tan estéril: equipos de la NASA, científicos españoles y norteamericanos analizan hoy sus aguas en busca de formas de vida que podrían ser similares a las del planeta Marte. No era, pues, tan lunática la comparanza aquel julio de 1969.

Tras los romanos, los yacimientos entran en un largo paréntesis de abandono, parcialmente roto cuando el sueco Liebert Wolters, que había intervenido en la Guerra de Sucesión, los adquiere. Pero los auténticos tiempos de esplendor no llegarán hasta que, en 1873, son comprados al Gobierno español por un consorcio británico y se crea la Rio Tinto Company Limited. “Se adjudican definitivamente las minas de Riotinto a los señores William Edward Quentell, Ernest H. Taylor y Enrique Doestch, por sí y en representación de la casa Mathesson y compañía, de Londres, por la suma de 92.800.000 pesetas, a tenor de la proposición garantizada con el previo depósito y aceptada por el Gobierno, en los términos que previenen las Leyes de 23 de junio de 1870, 20 de diciembre de 1872 y el anuncio oficial de 4 de enero del presente año”. Así reza el documento de la época. Y de esta forma se inaugura una muy singular etapa que arrastrará en su vértigo a toda una comarca. En verdad, a toda la provincia onubense.

Liebert Wolters

Con pantalones de franela, palas de cricket, raquetas de tenis, Times o Morning Post bajo el brazo y the five o'clock tea, una generación de británicos irrumpía en aquel polvoriento sur púrpura y desolado. Y, junto al retrato de Su Graciosa Majestad, Victoria, soberana de Gran Bretaña y de Irlanda y emperatriz de la India, nada más y nada menos que football: los primeros partidos del multimillonario fenómeno de masas se jugaron entonces en Riotinto. La comunidad británica, convencida de su lugar en el mundo, alzó su propio barrio, Bella Vista, separado del resto del pueblo por un muro de piedra. Dos entradas, con garitas y guardas, vigilaban, filtraban o impedían el paso a quien no perteneciese al staff (personal). Hermosas construcciones victorianas rodeadas de jardines, cementerio protestante, capilla anglicana, selecto club (hasta hace sólo unos meses las mujeres no han podido acceder a la sala men only). Un nivel de vida que comparado con el de los nativos –así denominaron a los pobladores del lugar– no podía dejar de remover las conciencias y proclamar la evidencia de una desigualdad tan escandalosa como lacerante. Los ingleses injertan en el valle saturnal sus formas y costumbres: ondea la bandera británica y el cumpleaños de la reina Victoria (que da nombre a la barriada construida para sus operarios en la capital) se celebra alto como la Torre de Londres, sonoro como el Big Ben, juegos, competiciones, brindis, God save the Queen! Junto a ello, también, servicio médico, alfabetización, taller de maravillosos bordados, economato, cuidada administración, desarrollo técnico, industrial, comercial, empleo asegurado, el descubrimiento como sitio de veraneo de la virginal, edénica entonces, playa de Punta Umbría –por supuesto, únicamente para altos cargos– y espléndidas obras como el ferrocarril que une la Cuenca Minera con Huelva y, en la ciudad, el magnífico muelle para el embarque del mineral.

La Compañía, como queda bautizada la Rio Tinto Company Limited (RTC), se convierte en motor de la provincia, es la empresa privada con mayor número de trabajadores de todo el país, y contribuye muy eficazmente a engrosar las voraces arcas del Estado. El Cronista escribe en sus páginas: “Riotinto es el feudo de una empresa más poderosa que el zar de las Rusias”. Pero la existencia y condiciones laborales son miserables. Cuando la RTC adquiere las minas trabajaban un millar de hombres; en 1888, el trágicamente famoso Año de los Tiros, se cuentan 10.000. Y para ciertas labores se emplean a barcaleadoras (mujeres que transportan en cajones –barcales– el mineral) y a una muy considerable cantidad de niños. Las plagas diezman a la población. Y el sistema de calcinación al aire libre, las teleras, envenena el aire. Eran las teleras gigantescas piras, como descomunales hormigueros que formaban un bosque de pirámides ardientes, humeantes. En su interior, día y noche, mes tras mes, la lenta combustión del mineral arrojaba a la atmósfera dióxido de azufre. Densas nubes de humo mefítico que envenenan la atmósfera, enferman los cuerpos, asolan el paisaje, arruinan las cosechas de los pueblos vecinos, ponen en peligro la ganadería, contaminan las aguas... Cuando los humos de las teleras permanecían bajos, posados sobre la población, la manta obligaba a los mineros y sus familias a buscar refugio en las cumbres de los cerros cercanos, mientras sobre el valle caía la noche artificial, una oscuridad tan densa que provocó el choque frontal de dos trenes. Pero los días de manta, en los que faenar resulta imposible, son, desde luego, descontados del jornal.

Teleras

El anarquista. Procedente de Cuba, entonces colonia española, llega a Riotinto, en la primavera de 1883, el anarquista que logrará encauzar el malestar social y aglutinar a mineros, agricultores y ganaderos para enfrentarse a la omnipotente Compañía. Un líder carismático, persuasivo, seductor..., y envuelto en el enigma: Maximiliano Tornet. Los efectos nocivos de las teleras abarcaban un radio de 777 kilómetros cuadrados en torno a las minas y dañaban a unas 11.000 propiedades. Los dueños de las tierras afectadas, sobre todo del término de Zalamea la Real, crearon lo que podríamos contemplar como brote precursor de los movimientos ecologistas: la Liga Antihumos. La unión de todos, a la que se suman los socialistas –con menor predicamento entre los mineros que los anarquistas–, desembocará en la multitudinaria manifestación del sábado 4 de febrero de 1888. Demandan el fin de la calcinación al aire libre –algo que en Inglaterra, el Parlamento, consciente de su peligrosidad, había prohibido ya en 1864, pero que aquí, y 24 años después, la RTC seguía practicando–, percibir el salario completo los días de manta, reducción de 12 a nueve horas de faena, supresión del pago de una peseta para asistencia médica y de las dos pesetas con 50 céntimos descontados del jornal si extraviaban sus libretas... Reivindicaciones que al recién llegado director William Rich le parecieron de todo punto injustificables, inoportunas, inadmisibles.

Estalló la huelga el 1 de febrero. Y tres días después, una riada humana, una impresionante manifestación con el audaz Maximiliano Tornet al frente se dio cita en Riotinto. Las calles quedaron tomadas por unas 12.000 personas que en un ambiente festivo, con bandas de música y pancartas (“¡Abajo los humos!”, “¡Viva la agricultura!”), reclamaban una más digna forma de vida. Y mientras en el Ayuntamiento permanecían reunidos Alcalde y Concejales –peones en al damero de la Compañía–, el Gobernador Civil de Huelva, Agustín Bravo y Joven, con soldados del Regimiento de Pavía, entraba en Riotinto dispuesto a poner fin a la revuelta. Y lo logró. A sangre y fuego. En la Plaza de la Constitución, la tropa se despliega ante la indefensa multitud. Dispara: una, dos, tres descargas a bocajarro. Luego, arremete con las bayonetas. El periódico La Coalición Republicana, dirigido por José Nogales, da cuenta de la masacre: “Cuando con más alegría y confianza se hallaban los manifestantes apiñados, en número superior a 12.000, en las estrechas calles adyacentes y plaza, mandaron retirar la caballería del sitio que ocupaba y acto seguido una descarga cerrada, inmensa, cuyos proyectiles barrieron aquella masa humana, puso en fuga desordenada a la multitud, que dejó en el suelo muchos cadáveres y heridos y se atropelló por las calles, lanzando gritos de pavor y de violenta ira. ¿Quién dio la orden de fuego? Hasta ahora no se sabe. ¿Fue el gobernador? ¿Fue el jefe militar? La soldadesca inconsciente, la máquina estúpida que obedece y mata, el soldado que dirige la boca del fusil al pueblo de donde salió y a donde volverá, gozaba con la vista de la pólvora y la sangre. Con el testimonio de centenares de personas que presenciaron el hecho, podemos afirmar que los manifestantes no profirieron ni un grito subversivo, no salió de ellos una provocación ni un acto que molestase a la tropa ni a las autoridades”. Jamás se conoció el número exacto de muertos, hombres, mujeres, niños. Sus cadáveres se hicieron desaparecer en escombreras, en antiguas minas abandonadas... Y la fecha quedó fijada en la memoria colectiva como el Año de los Tiros.

Plaza de la Constitución del antiguo pueblo de Riotinto

Hambre y “boy-scouts”. Aquélla de 1888 marcó un hito. Pero no fue la última de las huelgas y manifestaciones que jalonan la heroica y fascinante historia de las minas de Riotinto, y en la que las mujeres han escrito en diversas ocasiones una esforzada y anónima página (por ello, junto al anarquista y a un médico británico, las elegí como protagonistas de El corazón de la Tierra, sus latidos han impulsado sangre a ese músculo que parece arrancado vivo de Corta Atalaya). El año 1917 trajo una decena de muertos, el cuádruple de heridos, centenares de despidos. Terrible resultó la huelga de 1920, nueve meses de paro desembocaron en tan extrema situación que los mineros carecían de alimento para sus hijos. Los niños partieron para ser acogidos por obreros sindicalistas de otros lugares. Cientos de emigrantes de cinco, seis, siete años, atestaban los trenes que de la Cuenca Minera onubense viajaban a cualquier lugar de la geografía española. La Compañía, para paliar la mala fama que aquel hiriente episodio le había acarreado, creó y organizó en la comarca los grupos de boy-scouts, populares ya en Gran Bretaña.

Era el tiempo imperativo de míster Walter Browning, apodado El terremoto. A caballo –jinete experto–, con su rifle Winchester y su Browning automática y el revólver traído de México y su guardaespaldas... ¿Quién osaría desafiar al todopoderoso? Fue, aunque no coronado, rey de Huelva. Hasta 1954 las minas permanecieron en manos de la RTC. Una época difícilmente olvidable. Miserias y grandezas de la mano como amantes inseparables... e infieles. Un largo y muy singular periodo que dejará un legado material, otro intangible, pero no menos conformador de la peculiar idiosincrasia de un pueblo que se destruye y se alza y se sepulta y vuélvese a edificar en otro sitio. Riotinto repta en función del avance devorador de la mina.

Walter Browning

Vendrían después distintas empresas: Compañía Española de Minas de Riotinto, Unión Explosivos Río Tinto, Río Tinto Patiño, Río Tinto Minera S.A. Hoy, la Cuenca atraviesa una angustiosa etapa. El desplome de los precios del cobre en el mercado internacional lanza a toda una comarca a un salto al vacío. Sin red. Y la falta de compromiso efectivo de las diferentes administraciones contribuye al deterioro paulatino, escandaloso, de un área hondamente castigada y deprimida. Existe un débito histórico y solidario con una tierra ancestral que fue impulso económico para muchos sectores. Sin embargo, aquel trozo lunar parece condenado al silencio mismo del satélite. Al olvido. A no ser más que un fantasma que arrastra su sábana bordada con iniciales de oro pero vieja, sucia, desgarrada. Algunas soluciones, como la instalación en Nerva de un vertedero de residuos tóxicos, si renta beneficio pecuniario es a costa de un altísimo precio emocional. Y de indecentes consecuencias, la población entera dividida: a favor, en contra. En el aire de 1888, humos contaminantes; bajo tierra, residuos tóxicos de 2001. El suelo carmesí, las aguas escarlatas, absorben su historia, se empapan y nos la devuelven contra el rostro como un bumerán. Como si los círculos de Corta Atalaya fuesen anillos que se cierran en torno a la razón. La Compañía acostumbró al minero a su paternalismo, fue principio y fin de toda actividad, y el resultado es la falta de iniciativa privada.

Otras alternativas surgen en los últimos años: Riotinto Fruit reconvierte los suelos minerales en plantaciones de árboles frutales. Mas, para un pueblo industrial, no deja de ser chocante y paradójico dar, de la noche a la mañana, la vuelta a toda su milenaria historia y pasar, en el siglo XXI, a la agricultura. La Fundación Río Tinto ha comenzado una encomiable labor de explotación de los inusuales valores turísticos del entorno y de recuperación de su rico patrimonio. El Archivo Histórico se convierte en garante de documentos de formidable valor y el Museo Minero, la visita a impresionantes cortas, el recorrido en viejos trenes... son en la actualidad atractivos dignos de ser conocidos. ¿Es suficiente? No. Porque, no ha mucho, aún permanecían mineros encerrados y en huelga de hambre en las profundidades de contramina, allí donde los vitriolos de violentos verdes, azules, tejen irreales mantones de estalactitas. O se manifestaban por las avenidas de Huelva con pancartas, con pólvora, con voces que no parecen hallar el eco necesario. Mientras, más débil cada madrugada, más desangrado cada atardecer, el corazón de la Tierra continúa latiendo: aguarda un trasplante que de nuevo traiga la esperanza.