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Once años, dos latidos

7 de enero de 2026

Mis sobrinos: Iván y Ariadna

A mis sobrinos, Iván y Ariadna, por el amor sereno que cuida y la luz inquieta que ilumina.

Once vueltas al sol se alzan entre ellos
como una montaña suave,
pero al coincidir
es como si el reloj dejara de contar
y se transformara en un puente
tejido de ternura.

Él llegó primero,
con esa serenidad que abraza
y una inteligencia silenciosa
que observa, reflexiona y comprende.
Tiene la sensibilidad
de quien mira el mundo sin prisa,
de quien escucha incluso lo que no se dice,
y en su quietud
guarda una luz que acompaña.

Ella apareció después,
como un rayo pequeño
que se ríe hasta del viento.
Inquieta, brillante, despierta,
con esa chispa que enciende habitaciones,
que inventa historias en un parpadeo,
que aprende jugando
y juega al descubrir.
Es energía que florece,
un corazón que late fuerte
y pregunta siempre, “¿por qué no?”.

Y aun así, tan diferentes,
sus almas se reconocen.
Él, faro paciente;
ella, ola luminosa.
Uno cuida, la otra impulsa;
uno sosiega, la otra aviva;
uno contempla, la otra imagina.
Juntos crean un equilibrio perfecto
que solo los vínculos verdaderos saben dar.

Porque lo que los separa
no es distancia,
más bien espacio suficiente
para que cada uno resplandezca a su manera;
pero se buscan: hay risas sin razón,
casi como dos estrellas hermanas
destinadas a girar
en la misma órbita.

Un día crecerán
y la vida los llevará por caminos distintos.
Pero habrá algo que no cambiará jamás:
esa forma tan única
en que él la protege sin decirlo,
y ella lo ilumina sin saberlo.
Ese hilo invisible que nada desgasta
porque no está hecho de años,
sino de amor.

Carlos Javier Pascual Rodríguez.

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