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El orgullo de cada mañana

30 de junio de 2026

Algunas calles despiertan con melodías invisibles

Mucho antes del bullicio,
cuando la penumbra conserva todavía
su dominio en portales dormidos,
una delicada sucesión de notas
desciende desde algún árbol cercano.

Atraviesa la frescura suspendida
sobre rejas, azoteas, aceras,
roza cristales cubiertos de vaho,
bordea cortinajes inmóviles
y alcanza mi descanso con suavidad.

Ninguna alarma posee semejante encanto.
Ningún mecanismo conoce tal elegancia.
Frente a cuanto exige, reclama o apremia,
aquella armonía brinda únicamente calma.

La escuché entre azahares,
a lo largo de naranjos alineados junto al asfalto,
en los días más claros de junio,
en jornadas azotadas por aguaceros,
cerca de copas agitadas por vendavales.

Permaneció durante inviernos,
bajo cielos plomizos al alba,
al lado de muros curtidos por los años,
frente a la calle brillante tras la lluvia,
a la sombra de fachadas marcadas por la historia.

Con el paso de las estaciones,
terminó formando parte
del paisaje más íntimo de mi existencia.
No hubo presentación,
tampoco ceremonia,
ni pacto silencioso.

Quedó ligada
a despertares serenos,
cafés recién servidos,
lecturas tempranas,
momentos ante la ventana.

Mientras el vecindario recupera la actividad:
surgen conversaciones lejanas,
se abren puertas,
circulan patinetes,
crujen persianas,
resuenan motores.

Sin embargo, durante breves instantes,
todo lo que acontece alrededor
parece asumir una posición secundaria.
La atención se dirige entonces
hacia ese prodigio diminuto
capaz de transformar rutina en maravilla.

Quizá por esa razón siento gratitud.
Porque abundan bienes imposibles de comprar:
el aroma de la tierra después del agua,
el eco de voces que regresan al hogar,
el fulgor dorado derramado por los tejados,
la memoria grabada en viejos rincones.

Entre las joyas más preciadas figura,
ocupando un lugar privilegiado,
el ruiseñor oculto tras el follaje vecino,
artesano de filigranas sonoras,
guardián de madrugadas apacibles.

Gracias a tan singular visitante,
todo comienzo adquiere dignidad especial.
Lejos de prisas,
ajeno al estrépito,
fiel a su naturaleza,
ofrece belleza sin esperar contraprestación.

Así, desde hace bastante tiempo,
recibo un presente que se repite
y no pierde su asombro:
una pausa en medio de las obligaciones,
un gesto mínimo que se impone al ruido,
y la certeza discreta de que algo
sigue latiendo donde menos se mira.

Carlos Javier Pascual Rodríguez.

1 comentarios :

Anónimo dijo...

Excelente. Estás creciendo como poeta.